lunes, 15 de agosto de 2011

Intento...

Querido, que si ya volviste.
Si, ya, pero espérame, que me tengo que ir.
¿Otra vez?
Lo siento, pero ya regreso, no me tardo.
Hace frío, afuera están muriendo de calor, cincuenta grados al parecer, supongo que el año que vienen será peor, no lo sé, yo mientras aquí me muero de frío, y ¿por qué? Simple, porque a Miguel se le ha ocurrido bajar la temperatura hasta casi los 15 grados, insisto en que es una barbaridad, pero hazlo entender, es más fácil que yo vaya y saque la chaqueta guardada por el verano, a que Miguel me entienda que la temperatura es demasiado baja.
Ya llevo quince minutos aquí esperando y nada de que regrese, a veces me desespera el hecho de que me tenga esperando aquí, no me gusta esperar, supongo que a nadie le gusta hacerlo, o ¿habrá a alguien que si?, a mí no, y estoy seguro de que a él tampoco.
Miguel camina lento, el calor lo deshace, como a cantaros sale sudor de su cuerpo, cada paso se hace más pesado que el otro, cada movimiento se vuelve más fastidioso y asfixiante que el anterior. Camina solo hacia la cocina, camina y en el camino su cuerpo se va perdiendo, hasta que al mirar hacia el pasillo, él había desparecido.
Pues que tanto está haciendo que no regresa, me caga que me tengan esperando, no lo soporto, me doy vueltas en el sofá, enciendo y apago el televisor, cambio el canal y nada, cuando algo me desespera ya no hay nada que lo pueda calmar hasta que no me deshaga de ello. Y sigue sin aparecer. Mi ritmo cardiaco se altera, mi calor también lo hace, tengo que quitarme la chaqueta porque ahora lo que no soporto es el calor, mis ojos se abren y corre más sangre por mis piernas y brazos. ¡Maldición, no regresa!
Miguel no regresa. Ya casi es una hora, ya me fastidie de esperar, voy a salir. Me pongo los zapatos y camino hacia la puerta. Llegar a aquella puerta me provoca un nudo en la garganta, siento un mareo y pienso en volver, pero el enojo puede más conmigo. Abro y siento como una brisa me saluda diciéndome: “hola, estás en el infierno”, el rostro me arde, en general mi piel siente el cambios y mis ojos no se pueden abrir. Motivado por el enojo sigo adelante, le patio está solo, camino hacia la cocina y lo mismo, sola, voy hacia la sala y nada cambia, me han dejado solo. Abro la puerta de la calle y ya familiarizado con la tierna temperatura no la tomo en cuenta y salgo, en la calle nadie, un sentimiento de ser el único hombre en la tierra ataca mi cerebro, pero lo desecho, eso es una tontería.
Motivado por el enojo convertido ahora en angustia camino hacia la casa de los demás, sigo estando solo. De pronto comienzo a ver como la luna se asoma y me hace una sonrisa, inexplicablemente la noche se acerca, no entiendo, pero tampoco lo cuestiono, sigo caminando hasta que la luz desaparece, incluso la luna se ha ido, ahora todo es de noche y la ciudad se ha quedado sin luz, exceso de energía estaba seguro; al parecer Miguel no era el único loco que mantenía la temperatura hasta casi los 15 grados. Con algo de miedo pero más angustia por no encontrar a Miguel sigo caminando entre la penumbra. Curiosamente la temperatura también comienza a bajar, la tierra está loca, fue lo primero que pensé, no hice ningún caso y seguí caminando, la temperatura seguía bajando, ahora extrañaba mi chaqueta que había dejado en casa de Miguel, la temperatura no cesaba de bajar, así como tampoco la angustia por pensar que ahora era la última persona en el mundo. Los mareos regresaron, ya no podía controlar mi cuerpo, me tambaleaba y además moría de frío, la tierra se movía y mis piernas ya no podían soportarlo, caí de rodillas y perdí la conciencia.
Miguel, ¿ya regresaste?, ¡Miguel!
Aquí estoy,
Miguel, no te veo, tuve un sueño horrible. ¡Miguel, ¿por qué no te veo? ¿No ha regresado la luz? ¿Por qué te fuiste? ¿Dónde estás?
No te levantes. Ojalá todo hubiera sido un sueño. Te juro que nunca me fui, eres tú el que se ha intentado ir.

lunes, 11 de julio de 2011

Tu sonrisa.

Juro que no sería justo morir sin probar tus labios. Nunca he deseado nada con tanta intensidad. Estos últimos días, antes de enfermar, he tenido que concentrarme mucho en entender lo que me dices ya que mis ojos sólo logran entender el rojo húmedo de tu sonrisa. No podría morir sin volver a ver tus ojos de niño iluminarse al ser descubiertos haciendo alguna travesura. Sería tremendamente triste no volver a sentir tu respiración en mi cuello. Aún y con todo esto, estoy segura de que no estoy mejorando y algún día leerás esto y sabrás todo lo que me negaste.

martes, 21 de junio de 2011

A ti.

No había entrado al cuarto desde la muerte de Jose. Aún me da un no-sé-qué al escribir su nombre; siempre lo escribía sin acento, tal y como le gustaba pronunciarlo. Si me siento mal tan sólo de escribir su nombre, aún no me explico cómo es que fui a parar a su habitación. Sus libros, sus discos, sus escritos, todo estaba acomodado tal y como él lo había dispuesto la última vez que había estado en su habitación. Si él regresara de algún supuesto largo viaje , se encontraría todo igual pero cubierto por una gruesa capa de polvo.  Recuerdo una vez en que Jose me comentó que la muerta era una ‘perra injusta’. Le sonreí; siempre me daba una risa tonta cuando decía cosas así, de repente. Al preguntarle porque pensaba eso, me respondió con una frase pequeña pero que tenía mucho sentido: Para la vida, para ver, sentir la vida, hay que esperar nueve meses. Sabes que hay vida pero no tienes ni idea de cómo será, que te traerá de nuevo y que cambiará con ella. Para ver la muerte, sólo necesitas un segundo, que en realidad es menos de un segundo, un parpadeo, para verla, sentirla y sufrir por la misma. Yo estaba sufriendo mucho por Jose. Me hacía tanta falta que a veces sentía que no respiraba; me concentraba más en pensar en él, en recordar nuestros momentos, que en vivir. Yo sé que a él no le hubiera gustado eso pero era lo que había. Ése día, en su habitación, fui directamente a su diario. Sabía donde lo tenía pero nunca había sentido curiosidad por leerlo ya que él siempre me contaba todo, incluso detalles que a veces ni yo me atrevía a confiarle pero al ver su sonrisa contándome eso que yo hubiera considerado secreto, sólo mío, yo también revelaba lo incontable hasta hace unos momentos. Él era así de mágico. Me fui directamente hasta la última página, hasta la última vez que había escrito. Fue un jueves, el último día en que nos vimos antes de que partiera a Toluca. Escribió sobre lo mucho que se planeaba divertir en el viaje, lo mucho que me iba a extrañar y lo que pensaba traerme de regalo cuando regresara de su viaje: un disco. Siempre he tenido una gran colección de discos, vinilos, cassettes y demás pero desde que Jose y yo fuimos uno, mi colección triplicó su tamaño. Fui leyendo su diario de atrás hacia adelante, como una historieta japonesa, como una vida en rewind.  El diario comenzaba el día de nuestro primer aniversario. Sonreí al recordar lo jóvenes que éramos y todas las preguntas que teníamos en la cabeza. Con las pocas fuerzas que sentía en las piernas, después de haber estado tanto tiempo sentada, leyendo, me levanté, acomodé el diario sobre el montón de libros que Jose siempre tenía a lado de su cama, me acerqué al tocadiscos, soplé la capa de polvo que había sobre el disco que Jose había dejado puesto [él adoraba dormir con música puesta, por lo que yo siempre era la última en dormir ya que esperaba a que él estuviera dormido, me paraba lentamente de la cama y apagaba el tocadiscos], encendí el aparato y me recosté en su almohada. No noté el instante en que me quedé dormida.

jueves, 9 de junio de 2011

Los puntitos ¿jugamos?

Sentí su voz anestesiada, no, no la de ella, no, era mi voz interior, es que ni eso se merecía. Sus gritos se convirtieron en un chorro a presión de algo caliente que manchaba mi habitación. Era pegajosa, pero se secaba rápido, aunque no tan rápido como el movimiento de las manos, cortando arriba y abajo. Era un movimiento decadente. No, no me siento mal, se lo merecía, si ya lo sé, pero no me importa, ya cállate y déjame en paz.

Aun podía verme, sé que si lo hacía, sus ojos se habían puesto más grandes, ahora podría ver al menos algo blanco y semi – puro en su interior, era su cristalino, jamás había visto ni un gesto de su bondad hasta ese momento, pero ya era tarde. A partir de este punto ya no había vuelta atrás, su garganta ya se había despegado, su lengua colgaba y aunque intentaba gritar ya no podía, pero era mejor, ya no quería seguir oyendo sus putos sonidos huecos, oscuros y sin valor.

Terminé con la garganta y aunque mi primer impulso fue irme hacía su hermoso rostro, me reprimí, igual como lo había hecho antes, igual que como lo había hecho todo el tiempo que estuve a su lado, me reprimí. Me reprimí pero esta vez no paré, no, esta vez sí me lo iba a pasar muy bien, si antes no se había dejado de gritarme que era un puto amargado, ahora si lo haría. Pero dejé su rostro, algo mejor le esperaba cuando todo estuviera terminado.

Le dejé caer al suelo, ya no me importaba más, incluso le empuje con ambas manos, es que ya no podría dejarle esperar, que llegara rápido al suelo era mi única obsesión. Su cabeza casi se desprende del resto de su cuerpo, creo que me había pasado un poco en la garganta, pero que me importa.

Una vez en el suelo me le fui encima, abrí mis piernas y me recosté sobre su vientre, descargue mi ira entonces, la mano derecha ya dolía de tanto subir y bajar el cuchillo, así que cambié de mano, la izquierda no era tan ágil como la mano derecha, pero el objetivo era el mismo, además la derecha ya no podía más. Si había que castigar a alguien no era a mí. Metí y saqué tantas veces el cuchillo que su pecho parecía una hoja lista para jugar timbiriche. La mano derecha contra la mano izquierda. El yo de ayer contra el yo de ahora. Lástima para la derecha, la izquierda ganó. La hoja del juego ya estaba usada, había que continuar en otra parte de ese cuaderno que tenía en el suelo. La mano derecha quería la revancha, yo le dije que no jodiera, ya había sido mucho, aquello ya estaba lleno de hoyos. Pero tienes más hojas me dijo la derecha, entonces miré su brazo izquierdo, tienes razón pensé. El brazo era algo mucho más pequeño, así que fui por un cuchillo mucho más delgado, me arrodille a su derecha y comencé a clavar, a meter y sacar la hoja (cuchilla) llena de sangre. Ya me había fastidiado tanto líquido pegajoso, pero aun así le seguí, la mano derecha merecía su revancha. Terminamos otra hoja lista para jugar timbiriche, pero esta era más pequeña, más delgada, pero aun así jugamos. Esta vez la derecha ganó, quince a diez habían quedado al final. La izquierda inmediatamente replicó y me hizo saber que esto se tenía que solucionar, si no nos vamos a un dos de tres me voy, me dijo y le dije que si era estúpida, cómo se iba a separar de mí y me señalo a la derecha, la cual no tenía reparo de deshacerse de su gemela con tal de quedarse sola conmigo, eres una maldita puta le contesté, pero tenía razón, estaba en sus manos. Así que pensé ahora en donde podíamos volver a jugar timbiriche, la izquierda me señalaba algo, cuando levante la mirada me di cuenta, vi su pierna izquierda. Ya estaba cansado de estar hincado picando y jugando, así que decidí llevarme la pierna hasta la mesa, pero me dio una extrema pereza cargar con todo el cuerpo, así que salí de la habitación y busqué mi hacha. La encontré detrás de unos de mis libros favoritos, aún estaba ahí la nota de compra, aparté la nota y tomé el hacha.

Regresé a la habitación y contemple la hermosura que tenía delante de mío. Aquello me hipnotizaba, me gustaba, me encantaba. Me volví a sentar sobre su vientre pero esta vez mirando a hacía sus pies y comencé. Una, dos, tres, cuatro, cinco veces dejando caer con ira y felicidad el hacha sobre su pierna, no recuerdo cuantas veces lo hice, pero al final lo logré, tenía una pierna para mí solo. La subí a la mesa, pero esta vez antes de dejar la hoja lista para el juego, hable con las manos, muy seriamente les dije que esta sería la última, el que ganara de aquí ganaba de una sola vez. La ansiedad de saber cuáles de las dos ganaría las hizo trabajar con mucho ímpetu y empeño, recuerdo que no tardamos mucho, pero cuando terminamos, teníamos una linda hoja lista para jugar. Ahora si les volví a decir a las manos, está es la última, que gane el mejor. La derecha cada vez hundía con más fuerza el cuchillo y desgarraba más groseramente la pierna, y como no, si iba perdiendo. Al fin el juego terminó. Diecinueve a dieciocho. Ganó la izquierda.

La derecha herida y enojada pidió desahogarse con algo, claro, no te reprimas le dije y sin más miramientos me llevó hasta la rostro. Una vez estando ahí comenzó a pasar sus dedos sobre los labios del cuerpo que estaba en suelo, recorrió el corazón que formaban estos, acarició las comisuras, y roso con suavidad las mejillas, cerró los ojos y volvió a acariciar el rostro por completo. La ternura que sentí fue indescriptible, así que en un arrebato de mis emociones, me arrodillé y acerqué mi cuchillo a sus labios, posé el frío metal sobre ellos hasta llevarlos a la temperatura de la hoja de la cuchilla, retiré el cuchillo y posé mis labios, le besé con ternura, quizás un poco de amor pero con mucha felicidad.

Aquella noche, no solo ganó mi mano izquierda, también lo hizo mi yo de ahora, el otro debe estar desmembrado y con una pierna sobre la mesa. No cabe duda que aquella noche me divertí y terminé con Soledad, sí, con MI soledad.

martes, 31 de mayo de 2011

Dolor.

Llegué justo cuando uno de los perros comenzaba a aullar de dolor. El labrador, más grande y fuerte, clavaba su mandíbula en el pequeño y ya rojizo cuello del bóxer. Ambos perros eran color café y ágiles por lo que tenías que poner tu total atención si querías saber quien había atestado el último golpe y de quien eran los aullidos de dolor. Uno de los espectadores, un niño pequeño, abrazaba fuertemente la falda de su madre y cubría con la misma la mitad de su cara; parecía debatirse entre ver y no ver el encuentro. Un aullido más. El bóxer se había liberado del labrador y lo tenía fuertemente sujeto de una de las piernas delanteras. Ambos jadeaban fuertemente y grandes gotas de saliva caían de sus hocicos. El labrador no sólo era más grande de tamaño, sino que parecía más instruido en esto de pelear por su territorio, por lo que sin mucho esfuerzo logró recuperarse, golpeando con su gran hocico el prácticamente inexistente hocico del bóxer. El bóxer no resistió tal impacto, perjudicado ya de por sí por su condición de bóxer y el impacto dado por el labrador parecía ser el toque final. El bóxer había caído al suelo, sin emitir sonido; había dejado incluso de bufar. Parecía ser el final de la pelea. El labrador le olfateaba la cara, como comprobando que había sido el ganador del encuentro. En eso, se oye un silbido a lo lejos. Todos los presentes giramos las cabezas para ver quien era el causante de tal distracción. El labrador comenzó a mover la colita, agitándola de gusto. Corrió hacia el tipo que silbó, un señor de sombrero, overol y un pequeño revólver Colt Anaconda calibre .44 Magnum. "Nadie se mete con mi manada", dijo. No lo gritó, ni lo dijo en voz baja, simplemente se encargó de que todos los ahí presentes lo escucharan. Apuntó el revólver hacia el bóxer que seguía sin emitir sonido y vació la carga en el perro. El labrador seguía moviendo la cola cuando dio la vuelta a la cuadra junto con el tipo del Colt Anaconda. 

martes, 24 de mayo de 2011

Proteingreidas.

Largas, pesadas e insolentes,

se acumulan formando vida y enfermedad,

gritonas se arrebatan cuando las crea el DNA,

se creen las rubias de la ciudad.


Son las amigas de mis padres,

y las culpables de que ellos no me recuerden más.

Un alemán se los robó en un potro blanco

como siempre lo soñó mamá.


Engreídas colman mi paciencia,

siempre persiguiendo su puto carbón final.

Burlonas e imperiosas,

pero bellas, qué más da.


Cada noche bailan buscando pareja,

aunque de monógamas no tengan nada,

como musulmanes tienen chulos a reventar.


Engreídas colman mi paciencia,

siempre persiguiendo su puto carbón final.

Burlonas e imperiosas,

pero bellas, qué mas da.


domingo, 22 de mayo de 2011

¿Frío o calor?

Estaba seguro de que esta sería la última vez, atrás quedarían el segundero, el maldito minutero y ese hijo de puta que marcaba las horas. No había lugar a dudas, la noche no iba a volver a alcanzarme aquí sentado; llevo un año así, esperando a que la luz venza a la oscuridad que me da cuando las horas caen más lento de lo que lo hace mi paciencia, que aunque ha sido mucha, no es tan infinita como tus ganas de hacerme amanecer.

Dos, tres, cuatro, cinco… cuarenta y tres, cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco… cincuenta y ocho, cincuenta y nueve… de nuevo la manecilla le ha dado la vuelta al mundo, mientras yo, sigo aquí sentado en el sofá: café, sombrío y amargado, porque yo no nunca fui el amargado, siempre lo fue el sofá; por ósmosis no se aprende, pero vaya que si se transmiten: la tristeza, la amargura, la depresión o en mi caso el ser un amargado. ¿No era eso lo que siempre decías, que era un amargado y sin amigos? Bueno, pues hoy te voy a demostrar que no, tomaré la primer llamada que se acerque a mi celular y le diré que si, no me importa si es para cobrarme aquel anillo que ya presumes y no he podido pagar, no me importa, a quien quiera que sea, le invitaré a cenar, así sea: comida, piel, ciencia, filosofía o sólo una buena plática, lo que sea será bueno hoy.

Ah ¿tú también?, ¿es que ni mis cosas me quieren ayudar? Vaya, pero que jodido estoy, ni una llamada que irrumpa con el tenue sonido de mis ojos al parpadear. Pues bien, que le vamos a hacer, no me queda más que seguir aquí sentado, viendo como el azul se va transformando en naranja y después en oscuridad.

Ahí está, por fin, no era un timbre como yo esperaba, pero oírlo vibrar ya era un avance. “Lo siento, que se me ha hecho tarde, Mayra ha llegado de repente y no le he podido decir que no”.

Claro, yo siempre estaba después; ¡ah!, que Mayra, siempre tan oportuna, en verdad, el mundo nunca sabrá cuanto le quiero. O quizás sí, el amor tiene formas misteriosas de manifestarse, a no, ese es dios, bueno no importa, los que dicen esa frase, también dicen que dios es amor, así que no hay error en mi afirmación. En estos momentos se me ocurre una excelente idea de manifestarle mi amor a Mayra. A ver Mayra, que te gusta más, el calor que penetre tus pies y te haga derretir de amor, calentando tu corazón o el frío refrescante del metal en tu yugular, dime, anda, que prefieres Mayra, que ya no aguanto las ganas de demostrarte mi amor. O mejor ya sé, para que decidirse, las decisiones siempre son difíciles, mejor hagamos las dos. ¿Que no te gusta? Hay cuanto lo siento, es que así disfruto yo de demostrarte mi amor.

¡Ya voy!, ¡ya voy! Mierda, tan feliz que era imaginándome a Mayra eufórica por cómo le demuestro mi amor, que no me di cuenta del paso del tiempo, y al parecer a la que siempre espero se digno a llegar. Pero que bonitas horas de… /Que me traje a Mayra, es que no tenía planes y pues, la invité a ir con nosotros, ¿no hay problema verdad?/ ¿Qué si no hay problema? Pues claro que no, yo soy el dios de la paciencia y hoy, aparte de dios soy genio, así que tú sólo pide y te cumplo. /

/Mira, te presento a Mayra. / Pero Mayra mírate, no creí que a tu cuerpo también le afectara la erosión, que bellezas que da la naturaleza eh, solo falta que aparezca la luna, para tener una escena como esas de las caricaturas del oeste, donde de entre dos cerros va naciendo el conejo. / Que te presento a Mayra, me estas escuchando o no,/ perdón, perdón, si claro, es que me quedé pensando. Perdón Mayra, mucho gusto. Por cierto una pregunta, tú qué prefieres ¿el frío o el calor? ¿Y, a ti corazón? Es que aún no me puedo decidir.