martes, 31 de mayo de 2011

Dolor.

Llegué justo cuando uno de los perros comenzaba a aullar de dolor. El labrador, más grande y fuerte, clavaba su mandíbula en el pequeño y ya rojizo cuello del bóxer. Ambos perros eran color café y ágiles por lo que tenías que poner tu total atención si querías saber quien había atestado el último golpe y de quien eran los aullidos de dolor. Uno de los espectadores, un niño pequeño, abrazaba fuertemente la falda de su madre y cubría con la misma la mitad de su cara; parecía debatirse entre ver y no ver el encuentro. Un aullido más. El bóxer se había liberado del labrador y lo tenía fuertemente sujeto de una de las piernas delanteras. Ambos jadeaban fuertemente y grandes gotas de saliva caían de sus hocicos. El labrador no sólo era más grande de tamaño, sino que parecía más instruido en esto de pelear por su territorio, por lo que sin mucho esfuerzo logró recuperarse, golpeando con su gran hocico el prácticamente inexistente hocico del bóxer. El bóxer no resistió tal impacto, perjudicado ya de por sí por su condición de bóxer y el impacto dado por el labrador parecía ser el toque final. El bóxer había caído al suelo, sin emitir sonido; había dejado incluso de bufar. Parecía ser el final de la pelea. El labrador le olfateaba la cara, como comprobando que había sido el ganador del encuentro. En eso, se oye un silbido a lo lejos. Todos los presentes giramos las cabezas para ver quien era el causante de tal distracción. El labrador comenzó a mover la colita, agitándola de gusto. Corrió hacia el tipo que silbó, un señor de sombrero, overol y un pequeño revólver Colt Anaconda calibre .44 Magnum. "Nadie se mete con mi manada", dijo. No lo gritó, ni lo dijo en voz baja, simplemente se encargó de que todos los ahí presentes lo escucharan. Apuntó el revólver hacia el bóxer que seguía sin emitir sonido y vació la carga en el perro. El labrador seguía moviendo la cola cuando dio la vuelta a la cuadra junto con el tipo del Colt Anaconda. 

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