viernes, 9 de noviembre de 2012

Cualquiera.

Los testículos le colgaban hacia el lado derecho, hacia donde estaba recostado su cuerpo. No existe algo que le de más asco a Liz que los huevos de avestruz, como ella les llama a los cojones grandes. Pero el tipo era tan bien parecido, que eso no le había disminuido la exitación al momento de llegar a la cama. De hecho, se sonrojó al recordar, le había excitado un poquito. "Será mi primer huevos de avestruz", pensó. Follaron tres o cuatro veces, Liz no lo recordaba. Eso si, no olvidaba como había gritado su nombre y enterrado sus uñas en su espalda, mientras él sonreía con los ojos cerrados. Había sido un buen amante; de todos los que había tenido, lo podía colocar en el Top 10.

Liz sonrió. Quitó un mechón de cabello que cubría la cara del hombre. Se veía tan relajado, tan feliz. Ella deseó que él pudiera abrir los ojos, sólo para poder verlos de nuevo. Negros, grandes y penetrantes. Eran realmente hermosos y eran realmente lo que habían enamorado a Liz. Pidió en voz baja a todas las deidades que conocía que él abriera los ojos, aunque fuera una sola vez más antes de que ella se terminara de vestir y saliera de aquel cuarto de aquel hotel de mala muerte, del centro de la ciudad. Desafortunadamente, como todos los rezos que se les hacen a los dioses, no fue escuchado. Liz se colocó su abrigo negro, se miró en el espejo, se acomodó las gafas y abrió la muerta.

Antes de salir completamente, miró una vez más al hombre. La comisura de sus labios se elevó sólo un poco, suspiró y pensó "Realmente desearía no haberte matado a ti también....". Cerró la puerta y se dirigió al elevador.