– Querido, que si ya volviste.
– Si, ya, pero espérame, que me tengo que ir.
– ¿Otra vez?
– Lo siento, pero ya regreso, no me tardo.
Hace frío, afuera están muriendo de calor, cincuenta grados al parecer, supongo que el año que vienen será peor, no lo sé, yo mientras aquí me muero de frío, y ¿por qué? Simple, porque a Miguel se le ha ocurrido bajar la temperatura hasta casi los 15 grados, insisto en que es una barbaridad, pero hazlo entender, es más fácil que yo vaya y saque la chaqueta guardada por el verano, a que Miguel me entienda que la temperatura es demasiado baja.
Ya llevo quince minutos aquí esperando y nada de que regrese, a veces me desespera el hecho de que me tenga esperando aquí, no me gusta esperar, supongo que a nadie le gusta hacerlo, o ¿habrá a alguien que si?, a mí no, y estoy seguro de que a él tampoco.
Miguel camina lento, el calor lo deshace, como a cantaros sale sudor de su cuerpo, cada paso se hace más pesado que el otro, cada movimiento se vuelve más fastidioso y asfixiante que el anterior. Camina solo hacia la cocina, camina y en el camino su cuerpo se va perdiendo, hasta que al mirar hacia el pasillo, él había desparecido.
Pues que tanto está haciendo que no regresa, me caga que me tengan esperando, no lo soporto, me doy vueltas en el sofá, enciendo y apago el televisor, cambio el canal y nada, cuando algo me desespera ya no hay nada que lo pueda calmar hasta que no me deshaga de ello. Y sigue sin aparecer. Mi ritmo cardiaco se altera, mi calor también lo hace, tengo que quitarme la chaqueta porque ahora lo que no soporto es el calor, mis ojos se abren y corre más sangre por mis piernas y brazos. ¡Maldición, no regresa!
Miguel no regresa. Ya casi es una hora, ya me fastidie de esperar, voy a salir. Me pongo los zapatos y camino hacia la puerta. Llegar a aquella puerta me provoca un nudo en la garganta, siento un mareo y pienso en volver, pero el enojo puede más conmigo. Abro y siento como una brisa me saluda diciéndome: “hola, estás en el infierno”, el rostro me arde, en general mi piel siente el cambios y mis ojos no se pueden abrir. Motivado por el enojo sigo adelante, le patio está solo, camino hacia la cocina y lo mismo, sola, voy hacia la sala y nada cambia, me han dejado solo. Abro la puerta de la calle y ya familiarizado con la tierna temperatura no la tomo en cuenta y salgo, en la calle nadie, un sentimiento de ser el único hombre en la tierra ataca mi cerebro, pero lo desecho, eso es una tontería.
Motivado por el enojo convertido ahora en angustia camino hacia la casa de los demás, sigo estando solo. De pronto comienzo a ver como la luna se asoma y me hace una sonrisa, inexplicablemente la noche se acerca, no entiendo, pero tampoco lo cuestiono, sigo caminando hasta que la luz desaparece, incluso la luna se ha ido, ahora todo es de noche y la ciudad se ha quedado sin luz, exceso de energía estaba seguro; al parecer Miguel no era el único loco que mantenía la temperatura hasta casi los 15 grados. Con algo de miedo pero más angustia por no encontrar a Miguel sigo caminando entre la penumbra. Curiosamente la temperatura también comienza a bajar, la tierra está loca, fue lo primero que pensé, no hice ningún caso y seguí caminando, la temperatura seguía bajando, ahora extrañaba mi chaqueta que había dejado en casa de Miguel, la temperatura no cesaba de bajar, así como tampoco la angustia por pensar que ahora era la última persona en el mundo. Los mareos regresaron, ya no podía controlar mi cuerpo, me tambaleaba y además moría de frío, la tierra se movía y mis piernas ya no podían soportarlo, caí de rodillas y perdí la conciencia.
– Miguel, ¿ya regresaste?, ¡Miguel!
– Aquí estoy,
– Miguel, no te veo, tuve un sueño horrible. ¡Miguel, ¿por qué no te veo? ¿No ha regresado la luz? ¿Por qué te fuiste? ¿Dónde estás?
– No te levantes. Ojalá todo hubiera sido un sueño. Te juro que nunca me fui, eres tú el que se ha intentado ir.