martes, 21 de junio de 2011

A ti.

No había entrado al cuarto desde la muerte de Jose. Aún me da un no-sé-qué al escribir su nombre; siempre lo escribía sin acento, tal y como le gustaba pronunciarlo. Si me siento mal tan sólo de escribir su nombre, aún no me explico cómo es que fui a parar a su habitación. Sus libros, sus discos, sus escritos, todo estaba acomodado tal y como él lo había dispuesto la última vez que había estado en su habitación. Si él regresara de algún supuesto largo viaje , se encontraría todo igual pero cubierto por una gruesa capa de polvo.  Recuerdo una vez en que Jose me comentó que la muerta era una ‘perra injusta’. Le sonreí; siempre me daba una risa tonta cuando decía cosas así, de repente. Al preguntarle porque pensaba eso, me respondió con una frase pequeña pero que tenía mucho sentido: Para la vida, para ver, sentir la vida, hay que esperar nueve meses. Sabes que hay vida pero no tienes ni idea de cómo será, que te traerá de nuevo y que cambiará con ella. Para ver la muerte, sólo necesitas un segundo, que en realidad es menos de un segundo, un parpadeo, para verla, sentirla y sufrir por la misma. Yo estaba sufriendo mucho por Jose. Me hacía tanta falta que a veces sentía que no respiraba; me concentraba más en pensar en él, en recordar nuestros momentos, que en vivir. Yo sé que a él no le hubiera gustado eso pero era lo que había. Ése día, en su habitación, fui directamente a su diario. Sabía donde lo tenía pero nunca había sentido curiosidad por leerlo ya que él siempre me contaba todo, incluso detalles que a veces ni yo me atrevía a confiarle pero al ver su sonrisa contándome eso que yo hubiera considerado secreto, sólo mío, yo también revelaba lo incontable hasta hace unos momentos. Él era así de mágico. Me fui directamente hasta la última página, hasta la última vez que había escrito. Fue un jueves, el último día en que nos vimos antes de que partiera a Toluca. Escribió sobre lo mucho que se planeaba divertir en el viaje, lo mucho que me iba a extrañar y lo que pensaba traerme de regalo cuando regresara de su viaje: un disco. Siempre he tenido una gran colección de discos, vinilos, cassettes y demás pero desde que Jose y yo fuimos uno, mi colección triplicó su tamaño. Fui leyendo su diario de atrás hacia adelante, como una historieta japonesa, como una vida en rewind.  El diario comenzaba el día de nuestro primer aniversario. Sonreí al recordar lo jóvenes que éramos y todas las preguntas que teníamos en la cabeza. Con las pocas fuerzas que sentía en las piernas, después de haber estado tanto tiempo sentada, leyendo, me levanté, acomodé el diario sobre el montón de libros que Jose siempre tenía a lado de su cama, me acerqué al tocadiscos, soplé la capa de polvo que había sobre el disco que Jose había dejado puesto [él adoraba dormir con música puesta, por lo que yo siempre era la última en dormir ya que esperaba a que él estuviera dormido, me paraba lentamente de la cama y apagaba el tocadiscos], encendí el aparato y me recosté en su almohada. No noté el instante en que me quedé dormida.

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