miércoles, 2 de marzo de 2011

El sol es raro y la felicidad también.

Miro mi reloj por décima vez en el último minuto. Confirmo que siguen siendo las 4:05am. Sé que a esta hora se despierta Germán, mi vecino de arriba, ya que desde que vivo aquí, hace casi 1 año, él se despierta a las 4:05, enciende su estufa, pone la tetera, silba el "Himno a la alegría" [siempre el puto "Himno a la alegría, aunque sea lunes], se ducha, y silba mientras lo hace, claro, y dando muestras de conocer muy bien a su tetera, sale del baño un minuto antes de que ésta comience a silbar; todo esto lo hace con sus enormes pies del número 14 por lo que cuando no me despierta su silbar me despierta su pisar. Nunca he entendido como alguien tan pequeño calza de un número tan grande. Apuro el cigarrillo. Son las 4:07am y suena su alarma. La apaga inmediatamente y enseguida comienza a silbar. Mi reloj está adelantado, aparentemente. Tal vez, sólo tal vez, siente la misma ansiedad que yo. Toco la puerta. Quisiera ver la cara de sorprendido de Germán.
- ¿Quién llama? dice, entre silbidos.
- Vecino, soy yo. ¿Puedo pasar? Recién llego del trabajo y...
No termino mi frase. Germán, con el corazón inquieto, abre la puerta. Me invita a sentarme y a una taza de té.
- ¿Te gusta el té Woulung? Creo que te serviría para esas ojeras que te cargas.
- Gracias, fue una noche difícil en la redacción...
Ahora yo no termino mi frase. Mientras observo la casa, veo un hermoso florero verde con algunas palabras en chino que desconozco. Germán dice algo que no escucho, sonrío y asiento lentamente. Siempre he pensado que cuando no se tiene nada que decir, sonreír y asentir es la mejor respuesta. Me devuelve la sonrisa y se va a la cocina. Sé porque estoy aquí y no dudo ni un momento de mi misma. Miro mi reloj y son las 4:11am. Sólo un idiota o un muy buen vecino, dejaría que alguien entrara a su casa a esta hora. Tratando de hacer el menor ruido posible, tomo el florero, le retiro los lirios de plástico que tiene dentro y los coloco en la mesilla de la entrada. Son las 4:12am. Puedo sentir como la adrenalina comienza a invadir mi cuerpo, poco a poco hasta llegar a las puntas de mis dedos. Entro a la cocina lentamente. Germán sigue silbando, no me escucha. Levanto el florero por encima de su cabeza y para cuando logra distinguir la sombra del mismo, yo ya lo he golpeado. Bueno, no yo, el florero. El color verde y las letras chinas van desapareciendo para ahora ser cubiertas por un rojo brillante, delicioso. Los silbidos han cesado y en mi cabeza suena Valse de Melody, por lo que ahora no aviento golpes porque sí, sino que estrello el florero contra su cráneo al ritmo de Gainsbourg. No tengo idea de cuantos impactos provoco pero sé que llevo cantando la misma canción decenas de veces. Veo unos cuantos rayos de sol entrando por la ventana. Enciendo mi cigarro con la llama de la estufa donde estaba la tetera. Ya no hay agua en ella así que cojo un guante de cocina, sólo necesito uno porque en la otra mano tengo el hermoso florero rojo, y la quito del fuego. Abro la ventana y miro a la gente pasar. Concuerdo con Serge; el sol es raro. Arrojo la mitad del cigarrillo por la ventana. Vuelvo a pensar que debería dejarlo. Cierro la ventana y camino hacia la puerta por la que había entrado momentos antes. Justo antes de salir,  comienzo a escuchar el puto "Himno a la alegría". Abro los ojos. 4:05am. Buen día Germán, buen día.

1 comentario:

  1. La insistencia en el tiempo, siempre me ha gustado mucho, me es muy familiar jeje. Todos estamos llenos de deseos que preferimos reprimir, pero siguen estando ahí. Queremos hacerlos pasar como sueños, pero son deseos o realidades que preferimos omitir.

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