Con la sabiduría que solo la edad
puede proveer, así es Amanjes. Caliente y frío a la vez. Con sus palabras te
envuelve, con sus manos te acaricia, con sus besos devora tu ser.
Agitado y nervioso, así es como
yo lo conocí. Adentrarse en él es arriesgado, puedes llegar a perderlo todo,
quedarte sin nada, pensar que jamás volverás a ser como antes y es la verdad, después
de haber visitado Amanjes no hay marcha atrás.
Como
cada pueblo tiene su encanto, su belleza y su majestuosidad, no mirarle sería
una falta total. Largos ríos corren a su alrededor, pastos altos y flores
moradas compiten por ser la mejor; sin embargo Amanjes no es de nadie, sus antiguos
habitantes lo lastimaron, cortaron sus árboles, quemaron sus rosas, secaron sus
ríos y rompieron todo cuanto pudieron, por eso ahora nadie es su dueño, su
único dueño es él; él y la felicidad que te provoca tocar sus tierras, caminar
por sus veredas, comer de sus frutos que de sabrosos la palabra no alcanza. Por
eso aunque seas extranjero, si de Amanjes llegas a saber debes visitarlo, que
sepas que no podrás llegar a ser más que un visitante, un gustoso visitantes de pueblos,
de pueblos hermosos como Amanjes.
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